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MAESTRA EN EL AULA, MAMÁ EN EL ALMA: El doble rol que me enseña a diario.

Despertarme cada mañana y vivir lo que significa ser mamá y maestra de mi propia hija, es una aventura que no termino de descifrar del todo, pero que disfruto profundamente. El día empieza con ese clásico “cinco minutos más, porfa, mamá”, una frase que ya se volvió parte esencial de nuestra rutina. Entre risas, pequeñas negociaciones y abrazos soñolientos, logramos salir de casa y emprender juntas el camino hacia el colegio que compartimos.

Por: María Claudia Acuña, docente de lenguaje materno

Al llegar, siempre hacemos lo mismo: buscamos a Fausto para saludarlo y contar alguna anécdota del día anterior. Me encanta observarla en ese momento, tan suya, tan libre. Verla saludar a sus nuevos amigos —que no son únicamente los de su grupo Pinceladas, aclaro— me recuerda lo rápido que crece y lo sociable que es.

Luego viene la parte en la que pasamos de mamá e hija… a maestra y estudiante. Entramos a clase y ella intenta hacer su cartilla como todos sus compañeros. A veces lo logra, otras veces me cuenta con sinceridad cuando algo la hace sentir mal o cuando no logra respetar su turno. Y aunque todo esto es nuevo para las dos, lo estamos aprendiendo juntas.

Porque también están esos momentos que ninguna mamá-maestra pone en su manual mental: cuando se sale del salón sin pedir permiso, cuando hace sus pataletas, o cuando decide que es un gran momento para jugar golosa “a su manera”, justo en medio de una actividad. Yo respiro hondo, la acompaño, la guío… y también aprendo.

Ser su mamá y su maestra es desafiante, sí, pero también es un regalo. Cada día descubro un poquito más de ella… y un poquito más de mí.

FACE es un colegio que le ha permitido expresarse libremente, y eso para mí es invaluable. Aquí puede mostrar sus gustos, explorar su personalidad y, poco a poco, aprender que la libertad también viene acompañada de límites. En este espacio comunica, pregunta, decide, se frustra, vuelve a intentar y, sobre todo, construye lazos fuertes de amistad.

Me gusta verla aprender a retirarse cuando necesita su espacio, pero también a pedir ayuda cuando algo le sobrepasa. FACE le enseña que no tiene que resolverlo todo sola, que la autonomía no está peleada con la compañía.

Algo que agradezco muchísimo es que desde pequeños el colegio busca estrategias para acompañarlos de manera respetuosa y cercana. Ya sea en clase o durante los descansos, siempre hay un profesor atento, dispuesto a escuchar, mediar y guiar sus situaciones particulares. No importa si es una pequeña discusión con un amigo, una “pataleta», una emoción fuerte o una dificultad en alguna actividad; ella siempre encuentra un adulto que le ofrece presencia, contención y calma.

Y ahí estoy yo, navegando entre mis dos roles: mamá y maestra. Observando cómo mi hija crece en un lugar que la respeta, la impulsa y la reconoce. Un lugar que también me enseña a mí a soltar, a confiar y a recordar que acompañar no significa controlar, sino caminar juntas… a veces de la mano, y otras veces un pasito atrás para verla brillar.