Tatiana Isabel Polania Duque, Profesora de artes
Cuando pensamos en las artes plásticas, quizá recordamos nuestros momentos más frustrantes sentados frente a un papel, un lienzo o un pedazo de plastilina con el que no sabíamos exactamente qué hacer. Nos quedamos en lo difícil que puede llegar a ser manejar algo con las manos y lograr que, según el señalamiento de otro, parezca bello. Después de ello, renunciamos rápidamente al arte y, casi con vergüenza, no volvemos a pensar siquiera en tocar alguna herramienta relacionada con “las manualidades”. En ese eco poco práctico catapultamos nuestra relación con el oficio.
La falta de relacionarnos con estas herramientas lleva a que, con solo nombrar un pincel, algo recorra el cuerpo e impida la libre exploración, sin señalamientos ni prejuicios estéticos. Es un lenguaje que en muchas ocasiones repelemos sin siquiera intentarlo, quizá por vergüenza frente a ciertos estándares de belleza que se han perpetuado en la historia desde una estética colectiva generada por la academia. Sin embargo, cuesta comprender cómo en ese trayecto histórico se perdió la fase del proceso creativo: el goce y el placer de trabajar con las manos parecen haber quedado ocultos en algún momento, y con vergüenza dimos un giro inesperado a lo que el cuerpo grita ante la satisfacción de lo que el arte puede brindarnos.
En f a c e, la exploración plástica permite llevar las artes a algo más que un resultado pulido y “perfecto”, disfrutando el proceso del hacer manual y permitiéndonos construir imágenes desde lo que esconden las emociones. Es allí donde la propuesta se transforma y donde creo profundamente que el arte puede ser para todos, sin necesidad de musas ni talentos que provengan de una especie de poder genético. Aquí nos permitimos explorar desde el sentir, abriendo un espacio al arte para encontrarnos y renacer en lo que somos. El arte puede transformarse, mutar, parecer sublime u horrendo, pero lo que genera en el espíritu no necesita un curador ni reglas que lo aprueben. A lo largo de las últimas décadas, diversos estudios han evidenciado cómo el arte contribuye al bienestar emocional y cómo podemos valernos de él para lograr una catarsis.
Por ello, enfrascar el arte en la definición de un lenguaje donde solo se realizan manualidades se queda corto, pues, como lo sugiere María Acaso, profesora e investigadora española especializada en el área de Educación Artística, las artes no son manualidades: son procesos de pensamiento, de observación, de lectura del mundo y de construcción de sentido. Es decir, no se trata de “hacer cosas bonitas con las manos”, sino de mirar, sentir, cuestionar y expresarse. He aquí el inmenso poder que encontramos en este lenguaje: el que nos permite abrir un espectro creativo, sentir desde el hacer plástico y abrir la puerta a unas artes para todos, a unas artes que nutren el espíritu y nos permiten conectar con el otro desde lo que sentimos.

Es hermoso que, con el paso de los años, nuestros chicos puedan observar su pasado a través de lo que plasmaron en sus primeras etapas y en su adolescencia, y que se permitan verse a sí mismos y reconocerse en una introspección del tiempo vivido. Allí es donde la propuesta de f a c e se abre a unas artes plásticas latentes, donde invitamos a observarnos y reconocernos en imágenes para comprender que el arte es mucho más que hacer cosas bonitas.
Porque, ¿qué es la belleza sino algo profundamente subjetivo, a lo que damos valor según nuestras propias historias de vida? Por eso, más que enfrascar el arte en conceptos cerrados, vale la pena indagar en lo sublime que puede llegar a ser esa horrible e inigualable hermosura de la percepción que nos regala la vida.







