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 Arte y distopía

Ser maestro de lenguaje en socio-naturales y lengua materna en F a c e me ha enfrentado directamente a una dicotomía que quisiera explicarles. La comprensión de la actualidad nos obliga, junto con los estudiantes, a debatir constantemente sobre el calentamiento global, la propagación de enfermedades infecciosas, las sequías, las inundaciones, las extinciones masivas, la superpoblación, la contaminación del suelo y del aire, y sobre cómo la creciente competencia internacional por los recursos parece conducirnos hacia el fin del mundo tal y como lo conocemos.

 Bruno García, maestro del lenguaje materno

Sin embargo, este enfrentamiento directo con el daño también me lleva a reflexionar sobre el peso de la historia. Por un lado, sostengo una clara inclinación hacia la posibilidad de la redención humana; por otro, la magnitud del deterioro me conduce inevitablemente al desasosiego. Vivo en una oscilación permanente entre la indiferencia y la desesperación. Ambas actitudes poseen sus propios canales de comunicación, sus partidarios, sus detractores y, por supuesto, sus servidores políticos.

Crisis ambiental y crisis humana

La pérdida de la diversidad vegetal y animal, la escasez de recursos y la destrucción del mundo físico no son fenómenos aislados de la pérdida de la diversidad cultural, política y humana. Tampoco pueden separarse de la lógica del “sálvese quien pueda” ni del nihilismo contemporáneo que se refleja en muchos de los resultados electorales alrededor del mundo. Y quizá todas estas tragedias sean menos causas que consecuencias de una catástrofe más profunda: aquella originada en los apetitos desmedidos de los sectores más privilegiados de nuestra sociedad.

Según un estudio reciente del Fondo Mundial para la Naturaleza, apenas el 30 % de los hábitats naturales del planeta permanecen en buen estado. A esto se suma que gran parte de las tierras agrícolas y forestales ya no pertenece a familias campesinas, sino a grandes inversores y corporaciones. Las previsiones indican que para 2050 necesitaremos producir un 70 % más de alimentos que en la actualidad. Pero ¿cómo hacerlo si ya utilizamos cerca del 80 % de la tierra disponible para la agricultura? Y aun si dejáramos de explotar la Tierra de manera abusiva, esta tardaría entre tres y cinco millones de años en recuperar el estado en que se encontraba antes de la Revolución Industrial, hace menos de tres siglos.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo se escribe una historia así? ¿Cómo narrar el presente amenazado en el que vivimos? ¿Cómo evitar la catástrofe? ¿Cómo contar la historia , en el que, como escribió Jorge Luis Borges, “la historia universal es la historia de la infamia”?

A veces pienso que el arte constituye una de las pocas posibilidades de redención que aún conservamos. Sin embargo, el avance constante del capitalismo industrial parece no detenerse jamás. Por ello vuelvo una y otra vez a la lectura de distopías, ese género literario que intenta canalizar estas preocupaciones contemporáneas. Pero, en mi opinión, las distopías no son suficientes. Simplifican y vulgarizan los desafíos reales; desplazan hacia el futuro problemas que pertenecen al presente inmediato. Además, limitan su alcance a un público específico y aceptan, casi sin resistencia, su transformación en mercancía cultural.

Literatura y representación del desastre

Con frecuencia, las distopías terminan siendo profundamente desmoralizadoras: nos dejan agotados, paralizados y convencidos de que nada puede cambiar. Aunque proponen una forma contemporánea de tragedia, presentan la historia como algo clausurado y la acción política como una imposibilidad. Del mismo modo en que no existe novela policíaca sin cadáver, la distopía necesita de la catástrofe y, de manera sutil, termina celebrándola: sin apocalipsis no hay espectáculo.

Frente a ello, sigo creyendo en el poder del lenguaje. El lenguaje potencia los paisajes; transforma la realidad. Puede conmover, irritar, sacudir estructuras y estimular nuevas formas de pensamiento capaces de desafiar las interpretaciones dominantes. Si entendemos la literatura no como una simple descripción de lo existente, sino como la posibilidad de imaginar aquello que todavía no existe pero podría existir, entonces la literatura posee un carácter profundamente utópico y, por ello mismo, indispensable.

La literatura como posibilidad utópica

Para evitar que nuestro mundo se vuelva aún más frágil de lo que ya es, necesitamos incorporar en nuestra visión no solo lo posible y lo probable, sino también lo imposible y lo improbable; transformar lo primero en horizonte y lo segundo en acción. Solo así el mundo podrá conservar algo de su equilibrio y de su sentido.

Por eso sigo creyendo, como lo hicieron los románticos hace más de doscientos años, que el arte todavía puede salvarnos. Pienso en aquella imagen simbólica de Liberación de París, cuando se ordenó destruir la ciudad por parte de los Nazis y aun así muchos comandantes se resistieron porque comprendían que había algo en la ciudad, en la memoria y en la belleza que no podía ser reducido a cenizas. Tal vez allí permanezca nuestra última esperanza: en la capacidad humana de crear significado incluso en medio de la ruina. Y mientras esa posibilidad exista, todavía podremos salvarnos.