¿Recuerdas a ese profesor que te inspira o te hizo cambiar tu forma de pensar? Esa persona que, con sus palabras, sus acciones o simplemente su manera de ser, dejó en ti una semilla que hoy sigue creciendo. Seguramente no solo te transmite información, sino que te ayuda a ver el mundo con otros ojos. Sin embargo, también es probable que recuerdes a alguno con el que la experiencia no fue tan positiva, alguien que, por más conocimientos que tuviera, no logró conectar o incluso generó barreras. Esa dualidad es parte intrínseca de esta disciplina, que hoy queremos recorrer desde su historia, desde la realidad que vivimos en el Colegio face y desde sus luces y sombras.
Estefania Moreno Torres, socio-naturales
La perspectiva histórica: Un rol que construye, pero también ha generado distancias
Desde que la humanidad entendió que el conocimiento debía pasar de generación en generación para seguir avanzando, nació esta labor. Antiguamente, eran los sabios, filósofos o artesanos quienes compartían sus secretos y visiones, convirtiéndose en puentes entre el pasado y el futuro. En esos tiempos, guiar a otros era un honor reservado para quienes tenían la capacidad de transformar mentes, pero también era un rol que a veces se vivía desde la lejanía o la superioridad.
Con el paso de los siglos, se formalizó como una profesión fundamental para organizar las sociedades, adaptándose a cada época: en algunos momentos se centró en la disciplina estricta, en otros en la libertad de pensamiento, pero siempre ha llevado consigo una carga inmensa de responsabilidad y vocación. Lo interesante es que, a través de la historia, vemos que el éxito de este rol nunca ha dependido sólo de cuánto se sabe, sino de cómo se entrega ese saber. A lo largo del tiempo, hubo quienes convirtieron su posición en un poder autoritario, y quienes, por el contrario, la transformaron en un espacio de encuentro. Esa tensión sigue vigente hasta nuestros días. Sin embargo, desde face se hace un cambio desde el incio del colegio a esta relación maestro contexto.
Ser profesor en el Colegio Face: Donde la experiencia cobra vida, pero también se enfrenta a retos
Si miramos esta realidad desde adentro, entre las paredes y los pasillos de nuestro colegio, nos damos cuenta de que cada profesor que llega aquí trae consigo un equipaje invaluable. No solo llegan con un título o una lista de temas que comparte con el pasar del tiempo,sino que a su vez llegan cargados de historias de vida, de vivencias personales, de aprendizajes propios y de caminos recorridos. Cada uno tiene una forma única de ver el mundo, y eso es lo que hace que nuestra comunidad sea tan rica.
En face, ser profesor significa mucho más que acompañar cada uno de los procesos. Significa entender que detrás de cada investigación, dirigido, experimento hay un niño o un joven con su propia personalidad, sus miedos, sus sueños y su forma única de sentir la vida. Aquí, el profesor se convierte en guía, en escucha activa y, muchas veces, en ese apoyo fundamental que los chicos necesitan en momentos clave de su crecimiento. Más que compartir saberes aquí va de la mano compartir valores, emociones y perspectivas. Sin embargo, este camino no siempre es lineal ni perfecto, y es ahí donde nace la necesidad de mirarnos con honestidad y ternura.
Cuando las formas y las emociones nos desafían
Es importante abrir un espacio para pensar en esos momentos donde, sin intención de hacer daño, el ejercicio de guiar se traslada a un contexto negativo. Estos instantes no definen la labor completa, pero sí nos invitan a cuestionarnos y a crecer, y suelen aparecer principalmente por dos razones: cómo expresamos lo que sentimos y cómo compartimos lo que sabemos.
Por un lado, los profesores somos personas completas: cargamos con alegrías, preocupaciones, frustraciones, cansancios o miedos que, en ocasiones, se filtran en el aula sin que nos demos cuenta. Hay días en los que una emoción intensa nos lleva a hablar con impaciencia, a usar un tono de voz que lastima, a responder con sarcasmo o, por el contrario, a cerrarnos y mostrar indiferencia. Cuando esto sucede, el lugar que debería ser de descubrimiento se transforma en un espacio de inseguridad, y los chicos terminan asociando el aprendizaje con algo que duele o que da miedo. Reflexionar sobre esto nos enseña que antes de guiar a otros, necesitamos aprender a reconocer, gestionar y comunicar nuestras emociones con respeto, entendiendo que cada palabra deja una huella imborrable en quienes nos escuchan.
Reconocer estos momentos no es para juzgarnos, sino para recordar que ser profesor es también un proceso de aprendizaje permanente. Cada tropiezo es una oportunidad para volver a empezar, para pedir disculpas cuando es necesario y para buscar siempre formas más humanas de conectar.
De sus historias, nace un mundo diverso
A pesar de esos momentos que nos invitan a reflexionar, lo que prevalece y transforma es la riqueza que trae cada maestro. Cuando el profesor logra equilibrar sus emociones y compartir sus saberes desde la humildad y la pasión, todo cambia. Al relatar sus propias experiencias, un viaje que los marcó, un error que los hizo más fuertes, un logro que les costó esfuerzo o simplemente sus propias dudas y aprendizajes, abren las puertas a un mundo diverso dentro del aula.
Cuando un profesor muestra que también ha aprendido de sus tropiezos, está compartiendo que el conocimiento es un camino de construcción conjunta. Está sembrando la empatía, el respeto por las diferencias y la curiosidad por lo distinto. Cada anécdota, cada consejo, cada forma de abordar un tema, refleja una mirada distinta de la realidad; y al exponer a los niños a todas estas visiones, les regalan la capacidad de pensar por sí mismos, de valorar otras culturas, otras ideas y otras formas de ser.
En face, gracias a esa riqueza humana y al deseo constante de mejorar, los estudiantes no solo se nutren de todos los lenguajes, sino que aprenden a convivir, a soñar en grande y a entender que la diversidad es el motor que hace girar al mundo.
Queridos profesores del Colegio face:
Este escrito es un homenaje y también un reconocimiento honesto a todo lo que vivimos y construimos día a día. Sabemos que llevamos en la mochila no solo cuadernos y marcadores, sino también historias, cansancios, emociones y ganas inmensas de aportar algo bueno.
Reconocemos que no siempre es fácil, que a veces las palabras o las formas no salen como quisiéramos, y que hay momentos que nos invitan a mirarnos con calma y aprender de ellos. Pero valoramos profundamente que sigan intentándolo, que sigan buscando maneras de conectar y que pongan el corazón en cada intento. Gracias por entender que compartir conocimiento es un acto de amor, y por convertir cada espacio incluso en los días difíciles en un espacio donde la diversidad se celebra y se construye.
Ustedes son el puente entre el pasado que nos enseñó y el futuro que nuestros niños y jóvenes están por escribir. Gracias por llenar sus vidas de color, de aprendizajes y de perspectivas nuevas. Su labor es invaluable y, sin duda, dejan una marca imborrable en cada generación que pasa por el colegio.
¡Admiración y gratitud siempre para ustedes!







