El camino de encontrarnos… Continuamos este breve escrito con el corazón abierto, intentando abrazar —aunque sea en palabras— ese inmenso universo de variables, contextos y momentos que dan forma a la vida. Sobre todo, buscamos honrar los procesos únicos e irrepetibles de cada uno de nuestros estudiantes, quienes transitan, a su propio ritmo, por las distintas etapas de su existencia. En este viaje no están solos: sus familias los acompañan, mientras también se transforman, se redescubren y aprenden en paralelo. Así, entre encuentros, desafíos y aprendizajes compartidos, seguimos recorriendo y comprendiendo nuestras etapas.
María Claudia Acuña Romero, Maestra de Materno y Matemáticas
¿De dónde vengo?
Avanzamos en nuestras etapas, pero es aquí donde nos detenemos a mirar hacia atrás, a reconocer el suelo que nos sostiene. Nos adentramos en nuestro contexto histórico, en nuestros orígenes, en las historias personales y familiares que nos habitan, invitando a cada estudiante a reconocerse como parte de una trama viva que lo antecede, lo envuelve y le da sentido. No somos solo una entidad biológica: somos también una construcción social, tejida con vínculos, memorias y experiencias.
La construcción de esta conciencia histórica se despliega en múltiples dimensiones. Por un lado, el estudiante comienza a reconocerse en su identidad biológica, comprendiendo que su cuerpo, su herencia genética, su temperamento e incluso su nombre son huellas de un proceso evolutivo continuo que lo conecta con quienes vinieron antes.
Por otro lado, se abre a su identidad social: recorre las historias de sus padres, abuelos y ancestros, se acerca a sus migraciones, a sus luchas y decisiones, y cultiva una mirada empática hacia esas trayectorias humanas que hicieron posible su existencia.
Finalmente, se encuentra con su identidad cultural: descubre el origen de las tradiciones familiares, la historia de su apellido, las raíces de su comunidad y los lazos invisibles que lo unen con sus antepasados.
Así, poco a poco, cada estudiante comienza a comprender que su historia no empieza en sí mismo, sino que es parte de un relato mucho más amplio, profundo y lleno de sentido.
¿DÓNDE ESTOY?
En esta etapa, el estudiante avanza en la construcción de su identidad social, dejando progresivamente de centrarse únicamente en sí mismo. Comienza a reconocerse como una persona con ideas propias, capaz de participar y aportar dentro de su entorno.
Amplía su mirada más allá de su círculo cercano, entendiendo que forma parte de un contexto más amplio, tanto cultural como social. Esto le permite ubicarse en el tiempo y en el espacio, comprendiendo su realidad desde diferentes niveles: el cercano, el intermedio y el global.
En coherencia con la propuesta educativa Face, esta etapa no se limita a transmitir información: busca tocar la esencia, formar seres humanos capaces de habitar el mundo con conciencia, amor y responsabilidad.
Es un tiempo en el que el estudiante comienza a preguntarse, con mayor profundidad, por su lugar en el mundo. Comprender “dónde estoy” deja de ser sólo una noción espacial o temporal, y se transforma en una experiencia viva, en una toma de conciencia que abre la puerta a una pregunta aún más significativa: “¿para qué estoy?”.
En ese tránsito, empieza a tejerse el sentido. Ya no solo aprende, sino que se reconoce, se sitúa y se proyecta. Y es allí, en ese reconocimiento, donde se siembra la base de una educación verdaderamente humana: aquella que acompaña el desarrollo interior, el encuentro consigo mismo y la posibilidad de actuar en el mundo con intención y propósito.
¿Hacia dónde voy?
Esta última etapa de las cinco preguntas es, irónicamente, una puerta que se abre. No es sólo trazar un destino en línea recta, es también aprender a soltar caminos, a caminar senderos inciertos, a detenerse sin miedo y mirarse con verdad. Porque no somos obra terminada, somos proceso, búsqueda, latido constante; somos preguntas que cambian de forma y respuestas que se reinventan con el tiempo. Y entonces, poco a poco, las decisiones dejan de nacer del temor o de la necesidad de agradar, y comienzan a florecer desde un lugar más hondo: el amor que se reconoce y la responsabilidad de ser quien se es.
Aquí cerramos —y al mismo tiempo sembramos— un proceso profundamente bello, tejido por muchas manos: profesores, familias, personas que cuidan, sostienen y acompañan, y tantos otros corazones presentes. A todos ellos, gracias por hacer de este camino un acto de sentido, una experiencia viva, tan gratificante como digna de orgullo.
Gracias.






