Hace algún tiempo, una amiga con quien solía conversar sobre mis clases en el colegio y sobre los dilemas, las dificultades y también los padecimientos propios de ser profesor, me recomendó un libro llamado Manual de remedios literarios, de Ella Berthoud y Susan Elderkin. Ambas escritoras y biblioterapeutas han trabajado alrededor del concepto de biblioterapia, una práctica que propone acercarse a la literatura no solamente como una experiencia estética o intelectual, sino también como una forma de acompañamiento frente a determinadas circunstancias de la vida. Volveré sobre este concepto más adelante.
Bruno García, Maestro de materno
Pero empecemos por el principio: ¿para qué sirve la literatura? Qué pregunta tan rimbombante y, quizá, tan inútil. Tal vez la literatura no tenga que “servir” para nada. Más que servir, nos ha acompañado, consciente o inconscientemente, en distintos momentos de nuestra vida. Porque leer no consiste únicamente en comprender aquello que tenemos delante de los ojos. Leer también es vivir, aunque sea provisionalmente, como otro; es ponerse en los zapatos de alguien más, habitar una conciencia distinta de la nuestra y descubrir que aquello que creíamos exclusivamente nuestro también ha sido experimentado, pensado o imaginado por otros.
La lectura es, en ese sentido, un gesto profundamente democrático en un mundo donde el pronombre personal singular, ese “yo” que ocupa cada vez más espacio, parece reinar con una avasallante idolatría. Cuando leemos, sin embargo, dejamos por un momento de ser únicamente nosotros mismos. Surcamos el Egeo junto a Odiseo, nos enamoramos de Calipso, nos perdemos con los lotófagos; acompañamos a Raskólnikov en Crimen y castigo y tratamos de comprender su culpa, su aislamiento y su relación con los demás. Entramos en vidas que no son las nuestras y, al hacerlo, ampliamos los límites de nuestra propia experiencia.
Después de leer, difícilmente volvemos a ser exactamente los mismos. Regresamos a nuestro cuerpo después de haber habitado otros cuerpos, otras épocas, otras conciencias. Algunas veces volvemos con una pregunta; otras, con una respuesta; otras, simplemente con la sensación de que aquello que nos sucedía no era tan extraño como pensábamos.
La literatura puede acompañarnos en algunos de los momentos más difíciles de nuestra vida: frente a una pérdida, una enfermedad, una crisis, una ruptura, una sensación de soledad o incluso frente a esos momentos en los que no sabemos muy bien qué nos ocurre. Pero ¿cómo funciona exactamente? No lo sabemos del todo, y quizá ahí reside parte de su misterio. Un lector puede encontrar compañía en el argumento de una novela, reconocimiento en un personaje, consuelo en una determinada escena o incluso una forma distinta de nombrar aquello que hasta entonces no había podido expresar.
Cuando nos encontramos verdaderamente enfrascados en una novela ocurre algo curioso: por un momento nos olvidamos de nosotros mismos. Dejamos de mirar nuestra propia existencia desde el centro y nos trasladamos a otro lugar. Somos otros. Y quizá esa distancia sea precisamente una de las posibilidades más poderosas de la literatura: alejarnos un instante de nuestra propia vida para poder volver a mirarla de otra manera.
Por eso Manual de remedios literarios me resultó especialmente sugerente para pensar lo que estamos viviendo en F a c e. Cuando planteamos nuestro proyecto integrador, nos propusimos abordar algunos de los problemas, preocupaciones, preguntas y situaciones que pueden atravesar nuestros estudiantes y establecer, a partir de ellos, un diálogo más directo con sus experiencias. La pregunta entonces era inevitable: ¿cómo hacerlo?
Una de las posibilidades que encontramos fue crear una serie de temas y talleres a partir de diferentes situaciones que hacen parte de la vida de nuestros estudiantes. No pretendemos convertir la literatura en una fórmula mágica ni mucho menos en una sustituta de la ayuda profesional cuando esta sea necesaria. La idea es más sencilla y, al mismo tiempo, más literaria: ofrecerles libros, personajes e historias que puedan servir como punto de partida para conversar sobre aquello que a veces resulta difícil decir directamente.
La vida no es fácil para nadie. Sin embargo, sentirnos acompañados puede hacer una diferencia. Y la literatura tiene una extraña capacidad para recordarnos que muchas de las preguntas que creemos exclusivamente nuestras ya fueron formuladas por alguien más.
Por ejemplo, en la entrada dedicada a la búsqueda de la felicidad, el Manual de remedios literarios propone una serie de lecturas a partir de esa inquietud. Entre ellas aparece Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Allí encontramos a Montag, un hombre que vive aparentemente integrado en una sociedad que ha convertido la felicidad y el entretenimiento permanente en una forma de anestesia. Su encuentro con los libros comienza a resquebrajar esa aparente felicidad y lo lleva a cuestionar el mundo que habita.
A partir de esta historia podemos conversar con nuestros estudiantes sobre una pregunta que parece sencilla pero que está lejos de serlo: ¿qué significa ser feliz? ¿La felicidad consiste en estar permanentemente entretenidos? ¿Puede una sociedad decirnos qué debemos considerar una vida feliz? ¿Es posible que aquello que creemos que nos hace felices también pueda mantenernos alejados de nosotros mismos?
Y si alguno de ellos quiere ir más lejos, puede tomar el libro recomendado y continuar por su cuenta la conversación con Montag, Clarisse y Bradbury.
El manual funciona, de esta manera, como una especie de vademécum literario: un catálogo de historias, personajes y obras que pueden acompañarnos frente a determinadas dolencias emocionales, preocupaciones o dilemas existenciales. Para la crisis existencial, por ejemplo, nos invita a acercarnos a Siddhartha, de Hermann Hesse, y acompañar el peregrinaje de su protagonista en busca de sentido. La lectura no nos entrega necesariamente una respuesta, pero puede ofrecernos algo quizá más valioso: la certeza de que antes de nosotros alguien también se preguntó por el sentido de estar aquí.
En ese sentido, la literatura no actúa como una medicina convencional. No elimina una enfermedad ni resuelve mágicamente nuestros problemas. Su efecto puede ser mucho más sutil: nos distrae, nos transporta, nos permite reconocer nuestras emociones, nos ofrece otras perspectivas y, sobre todo, nos proporciona palabras para aquello que a veces no sabemos cómo nombrar.
Esto me recuerda una experiencia que tuve cuando trabajaba en promoción de lectura en hospitales. En aquella época descubrí algo que me sorprendió profundamente: algunas personas enfermas no solamente querían hablar de medicamentos, tratamientos o diagnósticos. También querían que les leyéramos. Pedían historias. Pedían palabras.
Aquella experiencia me hizo comprender que quizá el poder de la literatura no está en “curar” el cuerpo, sino en acompañar aquello que somos cuando estamos atravesando momentos difíciles. Hay dolores que necesitan medicamentos y otros que necesitan conversación, compañía, silencio, música o una historia. La literatura puede entrar justamente por esa grieta.
Quizá por eso, cuando encontramos un libro que realmente nos habla, algo cambia. No necesariamente porque el libro nos entregue una solución, sino porque consigue formular una pregunta que nosotros todavía no sabíamos cómo hacer.
Con todo esto en mente, en el colegio comenzamos a plantear una serie de talleres orientados a nuestros estudiantes tomando como eje la biblioterapia. La intención no es convertir la literatura en una colección de “píldoras” para solucionar problemas, sino utilizarla como un espacio de encuentro: con nosotros mismos, con los otros y con las preguntas que nos acompañan.
Así nacen nuestras propias recetas literarias. Algunas serán píldoras, otras pomadas, otras quizá tengan formas mucho más extrañas. Pero todas parten de una misma idea: que un libro puede abrir una conversación, que una historia puede ayudarnos a mirar nuestra propia historia y que, algunas veces, leer juntos es también una manera de decirle a alguien: no eres el primero que se ha sentido así.
Y quizá esa sea una de las formas más poderosas en que la literatura puede acompañarnos.






