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Cuando un cuento encontró un nombre

Los cuentos tienen una magia especial. En pocas páginas son capaces de llevarnos a otros lugares, presentarnos personajes inolvidables y, sin darnos cuenta, hablarnos de nosotros mismos.

Camila Rocha, maestra de  inglés

Este año, cuando pensé en la experiencia con la que iniciaría el camino de mi grupo de autogestión, sabía que quería comenzar con una historia. No porque los cuentos enseñen respuestas, sino porque hacen algo mucho más valioso: despiertan preguntas, crean recuerdos y permiten que los niños descubran el mundo desde la imaginación.

Sabía que el nombre del grupo no sería asignado por un adulto. Nacería de una experiencia compartida. Quería que ese nombre tuviera una historia detrás, un significado que pudiera acompañarnos durante todo el semestre y convertirse en un lenguaje común para hablar de las emociones.

Así nació este cuento.

Comencé imaginando un país blanco y negro, un lugar donde los colores se habían escapado y donde cada habitante parecía vivir acompañado siempre por una misma forma de sentir el mundo.

Poco a poco fueron apareciendo sus personajes: un rey que nunca dejaba de reír, una tigrita que siempre lloraba, una ranita que sentía asco de todo, un cocodrilo que vivía con miedo, un rector que se frustraba con facilidad, un camaleón que parecía conocer únicamente el enojo y un oso que transmitía una calma permanente.

Mientras escribía la historia apareció un personaje que terminó convirtiéndose en el corazón del cuento: Prisma.

Elegí una libélula porque siempre me han parecido seres llenos de magia. Vuelan entre diferentes paisajes, parecen pequeñas hadas y transmiten ligereza. Pero, además, su nombre guarda un significado muy especial.

Un prisma nos recuerda que la luz no está formada por un solo color. Cuando la atraviesa, aparecen todos los colores que siempre estuvieron allí. Así imaginé a Prisma: una pequeña libélula capaz de mostrarnos que un mismo ser puede sentir alegría, tristeza, miedo, enojo, frustración, calma o asco, según aquello que vive. No llega para cambiar a nadie; llega para ayudar a descubrir algo que siempre estuvo allí.

Con el cuento terminado llegó el momento más esperado: compartirlo con el grupo.

Al finalizar la lectura comenzaron a surgir diferentes propuestas para nombrarlo. Algunos recordaban con cariño al doctor Coco; otros proponían llamarse Libélulas. Entonces volvimos sobre la historia y conversamos sobre los personajes. Nos preguntamos quién era aquel ser que había llegado con todos los colores, que había observado lo que sucedía, que había comprendido a cada habitante y que había ayudado al país a recuperar aquello que había perdido.

Poco a poco la respuesta apareció sola.

Prisma.

No fue un nombre elegido al azar. Fue un nombre descubierto a través de una experiencia.

Después les pregunté de qué hablaba el cuento.

Las respuestas fueron sencillas, pero profundamente significativas.

  • De lo que sentimos.
  • De las emociones.

En ese momento comprendí que el cuento había encontrado su verdadero final.

Desde ahora, el grupo llevará el nombre de Prisma, y ese nombre será mucho más que una forma de identificarnos. Será el recuerdo de una historia que nos acompañará durante este semestre cada vez que hablemos de alegría, tristeza, miedo, enojo, frustración, calma o asco. Bastará con recordar a alguno de sus personajes para volver a conversar sobre aquello que sentimos y descubrir que todas las emociones tienen un lugar y que ninguna permanece para siempre.

Hoy quiero compartir este cuento con ustedes.

Los invito a leerlo en familia, a detenerse en cada personaje y a conversar con sus hijos sobre las emociones que aparecen en la historia. Pregúntense cuál personaje se parece más a cada uno hoy. Tal vez mañana la respuesta sea diferente, y eso estará bien.

Ojalá Prisma no sea solo un cuento para leer, sino una oportunidad para escucharse, nombrar lo que sienten y descubrir, juntos, que así como la luz está formada por muchos colores, cada uno de nosotros también está formado por muchas emociones.