Cuando llegué al colegio face en el año 2022, a mitad de año, había algo muy claro: los niños y niñas que ingresaban debían tener control de esfínteres. En ese momento no había pañales en el aula; era una condición que, de alguna manera, marcaba el inicio de su proceso en el colegio.
Luisa Fernanda Vera, Auxiliar preescolar
En medio de muchas conversaciones que se daban en el día a día, recuerdo haber dicho algo muy natural para mí, casi sin pensarlo demasiado: que el control de esfínteres no debería ser un requisito, que yo no tenía problema en cambiar pañales, en acompañar ese proceso con paciencia, en enseñar a los niños y niñas a ir al baño desde el cariño y el respeto. Fue una de esas ideas que nacen desde lo que uno siente, sin imaginar que más adelante se convertirían en una experiencia real.
Al volver a f a c e ha sido también reencontrarme con una forma de educar que se siente distinta, más humana, más cercana. Es una metodología que se vive desde el amor, no solo como una palabra, sino como algo que se construye todos los días en cada momento compartido. Muchas veces se dice que los profesores somos amorosos, y sí, lo somos, pero en un espacio como este ese amor se vuelve acción: se vuelve presencia, escucha y paciencia; se vuelve una manera de acompañar a cada niño y niña entendiendo que cada uno tiene su propio ritmo, su propia forma de ser y de aprender.
Es ahí donde cada día se transforma en una verdadera aventura, porque trabajar con los niños y niñas más pequeños es entrar en un mundo lleno de sorpresas. Nada es completamente predecible; cada palabra nueva, cada gesto, cada ocurrencia tiene algo especial. Son ellos quienes, sin darse cuenta, llenan los días de sentido.
En medio de esa cotidianidad, hay momentos que pueden parecer simples, incluso rutinarios, pero que en realidad tienen un valor profundo, como cambiar un pañal. Y es que cambiar un pañal nunca es solo cambiar un pañal: es un momento de conexión, es cantar mientras lo haces, es inventar juegos, es bailar, es escuchar cómo fue su día a su manera. Es acompañarlos en algo íntimo desde el respeto, el cuidado y la cercanía; es un espacio donde se construye confianza.
Al principio, muchas veces entiendo solo algunas palabras, sueltas, pequeñas, a veces incompletas; pero con el paso de los días y de las semanas, esas palabras empiezan a crecer, se vuelven más claras, más seguras, más intencionadas. Y ahí, en ese proceso tan natural, uno se da cuenta de que está siendo testigo de algo muy importante, porque no se trata solo de hablar mejor, sino de sentirse seguro para hacerlo.
También es acompañarlos en procesos como aprender a ir al baño, entendiendo que cada niño y niña tiene su propio tiempo, sin presión, sin comparaciones, sin hacerlos sentir que deben cumplir con algo antes de estar listos. Se trata de caminar con ellos, de sostenerlos en ese aprendizaje, de celebrar cada pequeño avance. Y es en esos pequeños avances donde se ven los grandes logros.
Cada intento, cada palabra nueva, cada gesto de independencia, cada momento de confianza es enorme. Aunque desde afuera parezca algo sencillo, para ellos es un paso muy importante, y para mí también lo es acompañarlo.
A nivel personal, esta experiencia ha sido profundamente significativa. Cada niño y cada niña hace de mis días algo especial: me llenan de amor de una forma muy genuina, con sus risas, con sus abrazos inesperados, con sus ocurrencias que muchas veces me sorprenden y me hacen ver el mundo de una manera distinta. Hay días en los que una sola frase, una mirada o un gesto cambia todo.
Disfruto estar ahí, en lo cotidiano, en lo simple, en esos momentos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que en realidad son los más importantes. Me gusta verlos crecer, ver cómo poco a poco ganan confianza, cómo se atreven más, cómo empiezan a expresarse, cómo construyen su forma de estar en el mundo. Me gusta acompañar sus procesos, escuchar sus historias y compartir sus aventuras.
Y también, en medio de todo esto, me doy cuenta de que no solo ellos aprenden: yo también aprendo todos los días. Aprendo a tener más paciencia, a escuchar con más atención, a entender que cada proceso es único. Aprendo a valorar lo simple, a estar más presente, a dejar de lado la idea de que todo debe ser inmediato o perfecto.
Porque educar desde el amor también es eso: soltar el afán, confiar en los procesos y reconocer que el aprendizaje está en cada momento, incluso en los más pequeños.
En f a c e, todo esto cobra sentido, porque aquí no se trata solo de enseñar, sino de acompañar de verdad: de estar, de construir vínculos, de reconocer al otro como un ser único. Y es ahí donde entiendo que, incluso en algo tan sencillo como un pañal, existe una oportunidad enorme para enseñar, para aprender y, sobre todo, para conectar desde el amor.






